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Un camino muy bien trazado hacia la pérdida de la Creatividad.

11/12/2014

Roser Atmetlla reflexiona sobre la Creatividad y la Educación a raíz del artículo publicado en este magazine "La Musiikkitalo de Helsinki acoge a Ala Voronkova". Como artista y también profesora de Filosofía nos cuenta como el aburrimiento progresivo al llegar a la adolescencia va matando la creatividad de la niñez.

Los programas de televisión en los que se elige unos cuantos niños y niñas de entre cuatro y seis años para que expresen sus opiniones, ya hace tiempo que están de moda. Las ocurrencias de estas criaturas nos hacen gracia y nos sorprenden. Son originales, ingenuos, divertidos y sabios. Tienen ideas propias y la capacidad de proyectar una mirada diferente sobre el mundo. Tienen cuatro, cinco y seis años.

Después, sin embargo, crecen. Y parece normal que esta -digamos- peculiaridad, se vaya perdiendo. Al fin y al cabo, podemos pensar que estas criaturas nos hacen gracia precisamente porque son tan tiernos y no tienen ninguna experiencia. Así que cuando termina el programa, cerramos la tele con una sonrisa y nos vamos a dormir, que mañana hay que levantarse temprano para ir a trabajar. ¡Qué pereza! ¡Qué rabia!

Evidentemente, estas niñas y estos niños que nos han divertido tanto con sus ideas excéntricas y sus opiniones estrambóticas, ignoran que el mundo está lleno de trabajos aburridos y de gente insatisfecha, porque eso es la vida tal y como es, y a medida que vayan creciendo ya se lo encontrarán ...

La capacidad del ver el mundo de otra manera y admirarse por ello es propia de los filósofos. Y yo, que soy profesora de filosofía y a menudo tampoco quiero ir al instituto, es lo que trato de hacerles entender un curso tras otro, a estos adolescentes imposibles que me han tocado de alumnos.

Con dieciséis, diecisiete y dieciocho años, y también un curso tras otro desde que fueron escolarizados por primera vez, hemos conseguido que se estén sentados y que -más o menos- se callen. Ahora bien, que encima escuchen, eso ya es otra cosa: lo que yo veo hablándoles entonces de extrañeza y de admiración, es aquel tono deslucido e inequívoco que el aburrimiento da a sus miradas ...

Me diréis que, al fin y al cabo, la filosofía tampoco es una disciplina que predisponga a la alegría y a la juerga ... ¿Quizás recordéis aquel vuestro dar cabezazos adolescente, atravesando los discursos del profesor? Y seguramente tendréis razón. Pero también es verdad que para estos chicos y chicas no hay -o casi no hay- asignatura que les predisponga. Ni alegría, ni juerga, ni interés. Esto tampoco es que sea tan diferente de lo que fue mi experiencia como alumna. Y también me reconozco en su idea de que hacer bachillerato es la primera etapa de una carrera que se acabará cuando consigan un trabajo bien remunerado y en la que se puedan realizar y también resarcir de todo el aburrimiento que les hemos hecho sufrir.

Y yo a veces me pregunto si estarán a tiempo. A tiempo de resarcirse, a tiempo de divertirse a la par que sorprendiéndose, a tiempo de mirarse las cosas de otra manera y convertir los problemas en retos, en oportunidades para inventarse soluciones originales y quizás algo excéntricas, pero sobre todo eficaces y satisfactorias. Porque es eso lo que necesitarán para levantarse cada día e ir a trabajar, para encarar los problemas concretos del trabajo y de la vida, en una sociedad como la nuestra que cada vez gira -y va cambiando- más deprisa.

Me lo pregunto. Y en realidad lo que me estoy preguntando és si serán capaces de recuperar la creatividad que tenían a los cuatro, cinco y seis años. Y también me pregunto, como profesora que soy, cuál es mi grado de responsabilidad en esta gran pérdida.

La escuela, tal como yo la conocí de niña y adolescente, tampoco ha cambiado tanto. Es verdad que la hemos maquillado con la informática en las aulas y con una rebaja más que escandalosa en lo que exigimos a los alumnos. Pero el resto, la uniformización, la obediencia y el embutir conocimientos siguen siendo las tres patas básicas de lo que se entiende por educación. De este modo, comprendo que las sucesivas malas notas que sacamos en los informes PISA no puedan sorprender a nadie. Pero cuando tienes entre 30 y 38 alumnos dentro de un aula, difícilmente te puedes plantear algo más que la clase magistral, además de conseguir que se sienten y se callen.

Ahora bien, también es verdad que cuando a estos adolescentes -a menudo tan pesados y desesperantes - les tengo que hablar de la actitud filosófica y les digo que el filósofo ha sabido conservar la misma mirada que tiene el niño al contemplar el mundo -la de que todo es nuevo, todo es admiración-, ellos sí lo entienden. Quizás no lo identifican con nada que la escuela les pueda dar -y de ahí su mirada de aburrimiento-, pero lo entienden porque acaban de salir del cascarón y en muchos aspectos la infancia aún les es más cercana que el mundo de los adultos.

Y para mí eso es una esperanza. Me alegro de verdad. Y pienso que, aunque como sociedad nos hayamos esforzado tan y tan duro, quizás no hayamos conseguido todavía matar del todo eso que llamamos creatividad.

 

Roser Atmetlla

Escritora y editora de Promoartyou

 

 

Artículo y libro recomendado también sobre el tema: 

La Contra de La Vanguardia (11.01.2013): Catherine L'Ecuyer: "Un niño ve por primera vez el Cielo, y estrena el Cielo"  

Catherine L'Ecuyer:  "Educar en el asombro" (Actual) 

 

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