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¿Por qué nos gusta tanto la música que escuchamos durante nuestra adolescencia?

21/12/2014

¿Cuántas veces nos hemos hecho esta pregunta? Interesante artículo de Jordi A. Jauset, basado en el artículo de Mark Joseph Stern, “Brain in the news” , september 2014, Vol 21, nº8.

 

Cada vez que escuchamos una de “nuestras” canciones revivimos momentos acaecidos hace muchos años. En sólo unos pocos segundos, se establecen las conexiones neuronales necesarias, a través de las sinapsis y nos devuelven, como un viaje al pasado, percepciones de vivencias de nuestra época más dorada, la juventud, años en los que parecía que el tiempo era muy perezoso, casi estático. Parece como si nos hubiéramos quedado “anclados” con la música de nuestra adolescencia pues aunque a lo largo de la vida varíen nuestros gustos musicales, bastan unos simples compases de una de “esas canciones” para emocionarnos de nuevo, como si la dimensión temporal dejara de existir.

Las memorias -nos recuerdan los científicos- no son más que conexiones de redes neuronales, por lo que deducimos que esas “particulares” conexiones continúan estando muy reforzadas y, además, muy sensibles. ¿Por alguna razón? La neurociencia y la psicología ofrecen algunas explicaciones basadas en tres aspectos que, aunque de naturaleza muy distinta, están relacionados entre sí: las huellas neuronales, la socialización y la formación de nuestro “yo”.

En primer lugar, debemos entender que la música no es más que el resultado de una percepción de nuestro cerebro a partir de unos impulsos nerviosos que proceden de vibraciones acústicas generadas por la voz y/o los instrumentos musicales. Esa transducción, de energía acústica a potenciales de acción, la efectúa el sistema auditivo, y el nervio asociado conduce dicha información hasta la corteza cerebral a través de diversas partes del encéfalo (tronco cerebral, sistema límbico, corteza cerebral). Allí, son descodificados o interpretados los distintos parámetros musicales (ritmo, melodía, armonía) junto con sus respectivas dinámicas para obtener finalmente una percepción global acompañada con las correspondientes emociones suministradas por el sistema límbico (Jauset, 2013).

A partir de allí, nuestra reacción a la música depende de cómo interactuemos con ella. Si nos dejamos llevar por el contenido rítmico, las neuromotoras estimuladas activarán los músculos a través del sistema nervioso periférico y sincronizaremos nuestros movimientos corporales con el “beat” percibido. Si ponemos atención en la letra de la canción, los lóbulos frontales y parietales también se activarán. Si prefiero cantar, mi área prefrontal incrementará su actividad, incluso si únicamente es un acto mental, pues para el cerebro es lo mismo “imaginar” que “ejecutar” ya que se activan prácticamente las mismas áreas.

Aquellos sucesos que ocurren con un gran contenido de emoción son los que perduran, dejando huellas neuronales profundas que facilitarán el recuerdo. La memoria no es eficaz sin emoción, y la música resulta ser un potente estimulador. Entre los 12 y los 22 años nuestro cerebro está sujeto a un veloz desarrollo, y la música que nos agrada permanece fuertemente codificada en nuestras redes neuronales posiblemente a causa de la explosión hormonal que acompaña la adolescencia. Estas hormonas, le indican a nuestro cerebro que todo es inmensamente importante, especialmente las canciones, pues forman parte de la banda sonora de nuestros sueños adolescentes.
Las neuroimágenes muestran cómo escuchando nuestras canciones favoritas se activan los circuitos de recompensa y liberan una serie de sustancias químicas (neurotransmisores) causantes de que nos sintamos tan bien. Cuanto más nos gusta una canción, el sistema mesolímbico dopaminérgico aumenta sus niveles de dopamina, de forma similar (aunque con menores niveles) al que produce el consumo de cocaína (Salimpur V. et al., 2011). ¿Será ésta la causa de que la música también cree adicción?

El segundo elemento a considerar es el socializador. Disfrutamos la música y lo pasamos bien con los amigos. Ello, sin lugar a dudas, nos une, estrecha los lazos de amistad y fortalece ese vínculo de pertenencia al grupo aportándonos un sentido de identidad.

Finalmente, otro elemento importante, según citan los investigadores, es la definición de nuestro “yo”, de nuestra personalidad. Este proceso se lleva a cabo durante la adolescencia y por eso adquiere sentido que las memorias involucradas en él sean especialmente importantes durante el resto de la vida. No sólo contribuyen al desarrollo de la imagen de uno mismo, sino a una parte integral del sentido de sí mismo. Ésta es la conclusión a la que llegaron los investigadores de la universidad de Leeds (UK) hace unos pocos años (2008).

La música que acompañó nuestro primer baile, nuestro primer beso, nuestro primer amor, es de una gran trascendencia personal y es lógico que subyazca en lo más profundo de nuestra memoria. Las canciones de nuestra etapa adolescente forman la banda sonora de lo vivido y sentido en los años más vitales y trascendentales de nuestra vida. Ahora, de forma retrospectiva reconocemos que esa memoria musical quizás no es tan profunda como nos parecía aunque su resplandor emocional continúe haciéndonos vibrar.

¿Podemos pensar, pues, que la música escuchada durante la etapa adulta no va a tener el mismo significado o que no podrá impactarnos igual que la de nuestra etapa adolescente? Posiblemente sea así. Pero, sin caer en el pesimismo, valoremos los aspectos positivos: en la etapa adulta nuestros gustos musicales son más maduros, lo cual nos permite apreciar la belleza estética de una forma más intelectual. Eso sí, no importa la edad que tengamos pues la música sigue siendo una vía de escape de nuestros cerebros adultos para regresar a la pasión de nuestros años de juventud.

La nostalgia que acompaña nuestras canciones favoritas no es simplemente un recuerdo fugaz de épocas anteriores: se trata de una profunda huella neurológica (gusano musical) que nos traslada a aquellos años en que nuestras neuronas vibraban exultantes de alegría por aquella música que nos definió y nos aportó identidad. Esos años pueden haber pasado, muy a pesar nuestro, pero cada vez que escuchamos esas canciones, nuestro querido y misterioso cerebro nos permite revivir de una forma mágica, la alegría y felicidad de antaño.

Jordi A. Jauset
[Basado en el artículo de Mark Joseph Stern, “Brain in the news” , september 2014, Vol 21, nº8].

Archivado en: Arte y Conciencia
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