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SILENCIOS

17/01/2015

Es el silencio el espacio necesario entre el hecho de contemplar una realidad y poder llegar a sentirla como una obra de arte? O también, y dicho de otro modo: ¿cuándo es que la naturaleza inspira el arte o, incluso, ella misma se convierte en arte? Roser Atmetlla escribe sobre este espacio de admiración silenciosa que permite pasar de la simple percepción a la conciencia estética.

 

 

Nos hemos acostumbrado a contemplar paisajes. A coger el coche un día de fiesta y a hacer unos cuantos kilómetros para ir a "respirar naturaleza". O a salir de casa y llegar hasta el paseo a ver cómo esta hoy la mar. Esto último es lo que hacemos en Blanes y me imagino que es lo que se hace en cualquier otro pueblo de todas las costas del mundo.

Echar, aunque sea, un vistazo rápido al mar entre trabajo y trabajo o detener un momento el coche al lado de la carretera para contemplar el paisaje, reconforta. Pero se trata de una contemplación del tipo más bien poco pragmático o poco realista. Lo digo porque del trabajo de arar, sembrar y cosechar, del sudor y los callos, y del frío del agua fría en invierno; o del trabajar de rodillas separando el pescado, es algo de lo cual ni sabemos demasiado, ni es tampoco lo que buscamos cuando huimos de los caminos marcados que configuran nuestra vida urbana. Dejamos de lado los horarios y el estrés, el hecho de ir todo el día arriba y abajo o de trabajar entre cuatro paredes y miramos el mar y el horizonte o los campos bien ordenados donde de vez en cuando sobresalen un par de árboles como un indicio de los bosques y de las montañas que vislumbramos más allá. Y entonces callamos. Nos detenemos y callamos.

No ocurre siempre; de hecho, no pasa muy a menudo, que lo que los seres humanos somos capaces de crear, nos serene o nos conforte. Pero la tierra trabajada se nos presenta como una Tierra bien ordenada y amable; su belleza nos remueve el espíritu -como lo hace el mar con sus tormentas y sus calmas- hasta dejarlo en suspenso. Y es entonces cuando dentro de nosotros se hace un silencio.

Ese mismo silencio que apenas dura unos segundos y precede a los aplausos ante una obra especialmente bien compuesta e interpretada; o aquel otro que no es más largo y que interrumpe la conversación de los visitantes de un museo o de una exposición en detenerse ante una escultura o una pintura.

En algunas salas de algunos museos hay bancos dispuestos estratégicamente para favorecer la contemplación de determinadas obras. Yo los agradezco. Me parece que me invitan al mismo gesto -y un estado de ánimo parecido- que los bancos del paseo de mar.

Con todo esto no quiero decir que la obra de arte tenga que ser azucarada o deliberadamente reblandecida, ni tampoco pienso que el hecho de confortar o serenar tenga mucho que ver con las formas sumamente variadas que los humanos nos hemos inventado con el fin de adormecer el espíritu o -yendo-me al otro extremo- de violentarlo.

El arte, cualquiera que sea la forma que adopte y la manera como lo definamos, no deja de lado la dureza de la vida, el sudor o el trabajar de rodillas, si considera que así deban mostrarse. Pero al mismo tiempo también es verdad que lo que caracteriza tanto aquella contemplación del paisaje, con la que buscamos un poco de reposo a las prisas de cada día, como aquella otra que una obra de arte provoca, es la primera impresión que cautiva el espíritu y lo hace callar. Las explicaciones, las interpretaciones o los aplausos vienen después.

 

Roser Atmetlla

Escritora y Editora de Promoartyou

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